DOS POEMAS DE LA CASA GRANDE DE ROSANA ACQUARONI


 

 

 

LO QUE MÁS ME GUSTABA

era hurgar en el cajón de tu mesilla.

Tropezar con aquel inventario de cosas inservibles.

 

El pastillero roto,

la cajita de nácar con mis dientes de leche,

negativos sin fotos,

emulsión transparente

donde la oscuridad deslumbra

con su plata metálica.

 

Escenas ya vividas

por la mujer que fuiste en otro tiempo

y que yo me empeñaba en comprender.

 

Caracolas sin mar,

pelusas y botones

un guante desparejo,

como esos piececitos de cera bendecida,

esas manitas huérfanas

que cuelgan en algunas capillas,

exvotos que celebran

la curación de un niño enfermo.

 

Llaves arrinconadas

que extraviaron sus puertas      sus cerrojos

magia desvencijada      piezas

sin ensamblaje

deterioros

todo formaba parte de tu vida anterior.

 

Un humus florecido

en el bancal de tierra removida

donde la infancia encuentra una tarea,

una razón de ser.

 

 

——————

 

 

MADRE

he venido hasta aquí a restañar tus ataduras

a contener el frío alojado en tu boca.

 

Soy la hija

que te aguardó despierta cada noche

y que ahora regresa

para lavar tu lengua

de la herida silente.

 

He cruzado el jardín del abandono

He abatido sus puertas,

llevo una piel de niña para arropar tu cuerpo

y llenarte de juncos

mariposas

botones.

 

He vaciado tus frascos de pastillas,

las trago una por una

—sagrada eucaristía del olvido—.

 

Me he cubierto de musgo

para no lastimarte

y llevarte conmigo

hasta un claro del bosque,

donde enterrar por fin

todo lo que perdimos.

 

 

 

Rosana Acquaroni

La casa grande

 

Bartleby Editores

 

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